Franz J. Hinkelammert

Henry Mora Jiménez

 Una economía para la vida (oikonomiké) debe ser, ciertamente, una economía que permita satisfacer, realizar y potenciar las necesidades de todos los seres humanos (necesidades individuales y sociales, materiales y espirituales).

 

Se trata de rescatar el sentido originario de la economía como actividad destinada a garantizar la base material de la vida personal, social y espiritual. […] En primer lugar, somos seres de necesidad: necesitamos comer, beber, tener salud, habitar, y otros servicios […] Es el campo de la economía” (Leonardo Bof).

 

¿Por qué entonces hablar de una economía «para la vida» y no de una economía «para satisfacer las necesidades»? Después de todo, la vida, en su generalidad, no es algo específico, mientras que las necesidades humanas siempre son específicas (históricamente determinadas). Hablar de una economía para satisfacer las necesidades, o una economía para resolver «el sustento del hombre» (Polanyi), parece ser algo más concreto e idóneo.  

No obstante, y según el enfoque que desarrollamos en nuestro libro (Hacia una economía para la vida), en sentido estricto, el ser humano no tiene «necesidades» (específicas), dadas de una vez y para siempre, ya que siendo en primera instancia un ser natural, no es un ser especificado a priori. El ser humano, en cuanto ser natural (parte de la Naturaleza), corporal, viviente, no es un sujeto con necesidades (específicas), sino que es un sujeto necesitado.  

Las necesidades específicas son un resultado de la propia historia humana: históricamente especificadas, socialmente condicionadas [1]. Como ser necesitado, el ser humano tiene, ante todo, que integrarse en un circuito natural de la vida y debe hacerlo desde su propia vida humana. Por eso, el ser humano no trabaja o produce (metabolismo socio-natural) para satisfacer sus necesidades, sino que, a partir de un proceso histórico, se va determinando en necesidades específicas la necesidad fundamental: su integración en el circuito natural de la vida. Así, la historia humana es un proceso de especificación de necesidades (y de satisfactores), lo que siempre va unido al proceso de producción, ya que éste se tiene que orientar por las posibilidades de producir (estadio y desarrollo de las fuerzas productivas). 

Si las necesidades son históricamente determinadas y si éstas son producidas junto con el proceso de producción, una economía cuyo criterio de racionalidad sea la reproducción de la vida, no se puede fundar, en última instancia, en las necesidades (siempre específicas). Se necesita un criterio (anterior) para el propio desarrollo de las necesidades, que según nuestra tesis no puede ser otro que la reproducción de la vida humana inserta en el circuito natural de la vida. 

Hay una anécdota de la revolución francesa que puede ilustrar este punto (que sea enteramente cierta o no es aquí secundario). La reina María Antonieta escuchaba desde su palacio de Versalles los gritos de las masas enardecidas que llegaban de París, por lo que preguntó a uno de sus mayordomos qué sucedía, y éste respondió: Su Majestad, se han rebelado porque no tienen pan para comer. Y ella replicó: ¿No tienen pan?, ¿por qué entonces no comen pasteles? Era una pregunta cínica, y pagó con su vida; pero si hubiera estado en Beijing, el mayordomo habría contestado: no tienen arroz para comer. Y en ciudad de México habría dicho: no tienen maíz. Y en Berlín: no tienen patatas.

 Para que la economía se base en la satisfacción de las necesidades (específicas), las necesidades tendrían que tener un carácter a priori, anterior a la vida humana misma, lo cual no tiene sentido.

 Por eso, una economía para la vida no se puede constituir simplemente a partir de las necesidades, sino a partir de la necesidad de la integración del ser humano en el circuito natural de la vida. Mediante la satisfacción de qué necesidades específicas eso se logra, depende de muchos factores, pero el marco de variación del proceso de especificación lo da la referencia a la vida, y esta referencia no puede ser específica, por eso no tiene una definición formal. No es específica porque solamente como tal sirve para explicar la especificación de las necesidades humanas. Se puede argumentar que la referencia a la vida no es algo preciso, pero precisamente por eso es el punto de partida adecuado.

 [1] “El hambre es hambre, pero el hambre que se satisface con carne cocida, que se come mediante un cuchillo o un tenedor, es un hambre muy distinta de la que devora carne cruda con ayuda de manos, uñas y dientes. La producción no produce, pues, únicamente el objeto del consumo, sino también, el modo de consumo, o sea que produce objetiva y subjetivamente. La producción crea, pues, los consumidores”. (Marx, Introducción a la crítica de la economía política, Ediciones de Cultura Popular, México, 1976: 247).

 

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