Franz Hinkelammert en el retorno del sujeto “redimido”

Daymaris Martínez Rubio

 

14 Enero 2013

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José Bell Lara no lo olvida (dicho mejor, no podría). Era el periodo “difícil” del pensamiento crítico en Cuba y en las casi dos varas de largo de un raro europeo cálido, cabía –aún con más fuerza que cuando le conoció en Chile–, el primer marxista–cristiano que creyó ver sobre la faz de la Tierra. 

Cuando Franz Hinkelammert llegó a La Habana –rememora el reconocido investigador cubano–, “eran los años grises de 1970” y abundaban “los perseguidores de todo lo naciente”. Para esos, Hinkelammert era un “diversionista” (y él, aunque pocos recuerden, un “heterodoxo” pensador de “herejías”).

Cuatro décadas después, mientras leía las palabras de elogio al nuevo Doctor Honoris Causa de la Universidad de La Habana, Bell Lara hizo que esquivaba los ríos filosóficos, pero no pudo evitar los atajos históricos.

Por varios minutos, el destacado intelectual iniciado en las páginas de Pensamiento Crítico, rememoró los orígenes de la amistad con el alemán que le “hizo olvidar” los chistes adolescentes sobre el carácter teutón; el mismo niño fascinado por un texto sobre Simón Bolívar, tras el cual América del Sur se convirtió en su amor de juventud.

Cuando por fin pudo venir – dijo citando al propio Hinkelammert– América Latina le fascinó aún más y desde entonces carga con “el anhelo de ayudar a transformarla”.

Y en efecto, subrayó Bell Lara, aquel “notable pensador” que llegó en los años iniciales de la Revolución cubana, en un “momento clave” de la historia latinoamericana, “no vino como un extranjero a observar un proceso, sino a integrarse a ese proceso”.

Hoy, afirmó, es “uno de los pensadores sociales más importantes de América Latina” y precisó que premiar su trayectoria intelectual, caracterizada por un criticismo coherente, no solo era reconocer a un hombre, sino a una corriente de pensamiento.

Cerca, con el torso inclinado sobre una silla del Aula Magna, un octogenario de apariencia caucásica le escuchaba con algo de rubor. Sonreía poco y con cierto azoro, aunque, de algún (desconcertante) modo, era su estatura lo más poderoso a primera impresión.

¿Quién era? Un raro coctel, un economista de carrera fascinado por el enigma de las “relaciones entre ideologías, utopías y economía”, un enredo que en parte ha logrado entender gracias a su acercamiento a disciplinas como la filosofía y la propia teología.

“Si me quieren llamar loco –dijo alguna vez–  no me siento ofendido, ya que por el contenido que encierra esa palabra, de hecho, lo soy. A decir verdad, no creo mucho en eso de las definiciones; (…) la vida es mucho más compleja, pero, ya que insisten, me siento más cómodo como un pensador”. 

Vindicación de un “teólogo profano”
“Nuestra Universidad honra y a la vez se honra al hacer este justo y merecido reconocimiento”, subrayó Raúl Suárez, el prestigioso reverendo cubano, en medio del agasajo a “un teólogo profano, tan cerca de Dios por estar tan cerca de los hombres”, según calificara a Franz Hinkelammert, en un discurso memorable por su carga testimonial.

En tiempos en que “una crítica manualesca, moscucéntrica, eurocéntrica, descontextualizada de la realidad de nuestros pueblos, de nuestras culturas; que lejos de acercarnos a la Revolución, nos alejaba de ella y creó traumas”, la ética humanista de Hinkelammert –acotó el reverendo– fue “un aporte a las convicciones proféticas” y un empuje “a ser más fieles a nuestra fe, pero también más leales a nuestro pueblo y también a la Revolución y al socialismo”.

Nos dimos cuenta, reafirmó Suárez, de su “aporte esencial en ayudarnos a recuperar la crítica profética, bíblica, a la religión, mucho más radical que la crítica marxista-leninista de los manuales”. ¿Cuánto bien hubieran recibido nuestros jóvenes si entre la bibliografía recomendada (aunque hubo sus excepciones) hubiesen estado algunos de sus escritos y, en ellos, esa preocupación por la necesidad de una espiritualidad diversa?, preguntó con el índice sobre una histórica deuda ciudadana con esta suerte de restaurador silencioso del maltrecho puente entre marxismo y fe.

“En la teología profana de Franz hay una insistencia permanente en la espiritualidad de la vida, de la convivencia, del buen vivir, como alternativa a la pseudoespiritualidad del dinero, del cálculo de la utilidad, en fin, de la espiritualidad de la muerte…”, señaló el líder religioso, para luego realzar dos aspectos de su obra “tan necesarios en esta hora que vive el país”, dijo, “la espiritualidad de lo humano y la espiritualidad del poder”.

Para Suárez, habría un Hinkelammert profundo que enseña sobre “la dimensión de la ética de la convivencia” y también sobre “la interrelación inseparable entre ética y economía”, sobre todo, cuando lanza como una advertencia: “la ética sin la economía es débil, pero la economía sin la ética es malvada, es perversa, es instrumento de la muerte”.

Cuatro décadas después del primer abrazo en tierras chilenas, la historia parece haber reivindicado a aquellos “heterodoxos” pensadores cubanos que vieron en el alemán enamorado de América al primer marxista-cristiano. No, no había contradicción alguna, afirmó Bell Lara: marxismo y cristianismo han demostrado encontrarse en un punto común de la praxis humanista.

“Necesitamos una racionalidad contestataria”
 “No sé si merezco el título”, confesó el homenajeado al micrófono, en un español bastante fluido todavía con acento. “Lo importante, es que venga de la Universidad de La Habana; tiene algo simbólico”, admitió segundos antes de dar un giro a su discurso y enfocarse en la denuncia de algunos males de este mundo “dominado por una racionalidad que produce todo tipo de irracionalidades; inclusive, monstruos”, dijo en una glosa a Goya.

Se trata, advirtió, de un dilema de vida-muerte también relativo a las leyes del mercado y citó, a modo de ejemplo, las relaciones contractuales en la sociedad capitalista, donde la “legalidad”, protege primariamente la propiedad del cumplimiento de contratos; como la deuda, cuya paradoja esencial es que “no es lícita si mata al deudor”.

Así, en presencia de leyes del mercado formalmente constituidas, comentó, “todo lo que no está prohibido es lícito y el resultado es la irracionalidad de lo racionalizado”, un fenómeno visible en la exclusión de poblaciones enteras y en la destrucción de la naturaleza. Los golpes militares en América Latina, sentenció, “se hacen en nombre de la ley siempre”.

En un discurso que deseaba trascender lo descriptivo, Hinkelammert, ganador en 2006 del Premio Libertador al Pensamiento Crítico (considerado el Nobel del pensar antihegemónico), denunció que “la legalidad absoluta es la injusticia absoluta” y es “el suicidio colectivo de la sociedad”.

El  propio cobro de la deuda, ejemplificó, implica genocidios legales, de manera que lo que urge es “discutir  la legalidad de estos crímenes”, porque el sujeto “puede desesperarse” y las evidencias de esa “desesperación” se encuentran “casi diariamente en escuelas, oficinas, calles, aeropuertos, familias…”. Se trata del “mismo viejo teatro”, refirió: los sujetos, los seres humanos, entregados a la acción del “asesinato-suicidio”.

Luego, ¿qué es lo alternativo? Para el autor de El sujeto y la ley, el retorno del sujeto reprimido, hoy más que nunca sería “necesaria” una “racionalidad contestaria para responder a la irracionalidad de lo racionalizado”, bajo la convicción de que “la ley tiene que violarse si su cumplimiento destruye al ser humano”.

Tal presupuesto, explicó, no debe ser malinterpretado como un abandono de las leyes, sino como un reclamo por promover una nueva relación con lo legislado capaz de reivindicar al sujeto y colocar, por fin, al mercado al servicio del ser humano.

Lo demás, ¿para qué repetirlo? Podríamos acusarle de loco que no se sentiría en modo alguno ofendido. Pero en Hinkelammert había algo más obvio: se mueve absolutamente cómodo en su espléndido papel de “pensador”.

 

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