Carlos Molina Velásquez 

Ponencia presentada en el V Encuentro Internacional de Pensamiento Crítico, “Los derechos humanos frente a la religión neoliberal del mercado”, del 1 al 3 de marzo, Universidad Nacional (UNA), Heredia, Costa Rica. 

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El interés por analizar la presencia de elementos religiosos en los mensajes publicitarios y programas de entretenimiento no es algo nuevo. Sin embargo, lo usual es que “lo religioso” se refiera a doctrinas y creencias de las iglesias y las religiones institucionales. Frecuentemente, estos análisis van de la mano con críticas desde posturas laicistas, que reclaman “una televisión libre de supersticiones”, o que se concentran en la supuesta relación entre los contenidos mediáticos y conductas “patológicas”, aunque no evidentemente “religiosas”: desórdenes compulsivos asociados al consumo, exhibicionismo, etc. Tampoco es raro que acompañen las críticas que surgen del lado opuesto, como las protestas por “el uso indebido” de imágenes sagradas “en un contexto profano” o el rechazo de la instrumentalización mercantil de las fiestas religiosas.

El elemento común en las dos perspectivas anteriores es la aceptación de una separación entre lo religioso y los aspectos constitutivos de la industria publicitaria y del entretenimiento: estos constituirían un fenómeno social, pero no religioso. Aspectos como el consumismo extremo, cierto “neodarwinismo”, los mensajes racistas y clasistas, o la noción de que el capitalismo es “el modo natural de vivir”, podrían estar relacionados con elementos religiosos, mezclados con ellos incluso, pero siempre se podrían distinguir ambas esferas, la religiosa y la social, sin encontrar una relación constitutiva entre las dos.

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En el fondo de estos análisis parece que está presente la idea de que la religión es un asunto que los individuos eligen —privado—, mientras que la publicidad y el entretenimiento son rasgos de la sociedad misma —públicos—: mientras lo primero es algo que elige la persona, en los otros casos las elecciones existen, pero se hacen a partir de lo dado socialmente, que es visto como natural, como lo que caracteriza a cualquier sociedad moderna, sin excepción. Lo paradójico es que tanto la publicidad como el entretenimiento están ahí para que hagamos valer nuestras preferencias, pero, a diferencia de las religiones, a las que podemos escoger adherirnos, no podemos escoger no elegir entre esos productos. En esta línea, son interesantes las siguientes reflexiones de un estudioso de la publicidad:

La publicidad como sistema ofrece la posibilidad de elegir, pero en realidad su verdadera finalidad es hacer una única propuesta: la compra y transformación. De esta manera viene a representar a los consumidores de los productos como si fueran un grupo. Logra con esta estrategia la adaptación de los consumidores y con ella la tipificación de las respuestas de consumo. Institucionaliza así las necesidades y las convierte en valores sociales al hacerlas formas de elección. El consumidor se encuentra atrapado, ya que lo que él desea coincide con lo que debe ser. En su conjunto crea una serie progresiva de aspiraciones para el futuro. Al obrar en esta dirección modela las normas de vida del porvenir, llegando a afectar ―positiva o negativamente― los fundamentos de la estructura de la autoridad en la familia, el papel de los niños y los jóvenes, la moral, los hábitos de alimentación, los gustos y el estilo de vida en general. Es, pues, un producto de la cultura y al mismo tiempo un factor fundamental creador de la misma. Innova y repite, informa e incita, libera y controla, se somete y condiciona. Lleva en su misma dialéctica el fermento del cambio y la adaptación. Suscita inconformismo y rebeldía al proponer ideales y sueños difícilmente alcanzables, y al mismo tiempo reduce la revolución a sus términos y enmascara los rasgos antidemocráticos de la sociedad[1].

Estas palabras muestran claramente que la publicidad como aparato normativo no se presenta como una opción entre otras sino como lo que es. El mensaje está claro: para vivir en un mundo con muchas opciones, solo hay una única elección. Las opciones siempre son opciones de compra. Por ello, debajo del supuesto “hedonismo y libertinaje”, la cultura contemporánea modelada por la publicidad consiste, básicamente, en obediencia. Si hay o no un mensaje explícito para que nos volquemos a las tiendas a comprar cosas, no es lo esencial. Toda publicidad en el mundo contemporáneo da por supuesto un marco general de aceptación del orden capitalista como el único que puede garantizar la libertad de elegir, siempre y cuando nos sometamos a él.

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Ahora bien, ¿qué pasa si consideramos al capitalismo no como algo natural —¡científico!—, sino como una construcción histórica, en la que no puede faltar la formulación de discursos trascendentales? Aún más: ¿y si, siguiendo a Walter Benjamin, vemos al capitalismo como una religión? ¿Cómo modifica esto la relación entre los productos de la cultura de masas y lo religioso?

Pienso que una clave para comprender cómo debemos establecer esa relación reside en la nueva moral capitalista, la cual alteró la forma como las personas comprendieron la naturaleza misma de sus obligaciones y sus fidelidades:

La sociedad medieval [dice un analista] reconocía el concepto de un “justo precio”, un precio determinado por el valor intrínseco de un artículo junto a su coste real de producción, sin relación con la oferta y la demanda. La sociedad reprochaba a aquellos que alteraban los artículos o intentaban aumentar su precio provocando su escasez. “Contra el lema romano 'Que el comprador se precavido' los economistas medievales sostenían 'Que el comprador y el vendedor teman a Dios'”. Con la propia vida social como, ante todo, una preparación para la salvación, demasiada dedicación a la consecución de bienestar era inmoral[2].

Con el advenimiento del capitalismo, no solo alterar los precios se consideraría “legítimo”, sino que se construiría una estructura de legitimación que naturalizaría la preeminencia del valor de cambio y la mercancía sobre la vida de los sujetos. Hay que resistir a la tentación de pensar que el capitalismo es por esto “amoral”; en absoluto, se trata, más bien, de un orden social que se caracteriza por el cumplimiento de una férrea ética de la ganancia y el predominio de las mercancías sobre la vida humana.

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La importancia de la moral del capitalismo se ve con más claridad cuando reparamos en las ideas de Benjamin sobre el carácter culpabilizante de esta religión del mercado[3]. El capitalismo se ha constituido como un mito que fomenta la culpabilidad: si no eres rico, debes buscar la causa de ello en tus propios errores, en las malas decisiones que tomaste, en tus fallos. Pero no se queda allí: incluso somos culpables de tener los padres que tenemos y de haber nacido en el país donde nacimos, somos culpables de todo aquello de lo que, obviamente, no podemos ser responsables.

Los pobres son quienes más padecen esta culpabilidad[4], pero va dirigida a todos: todos somos “pobres” que “podemos” llegar a ser “ricos”, siempre y cuando hagamos esto o lo otro, pero fundamentalmente si compramos esto a aquello. Si no lo hacemos, seremos condenados. No solo es esta la única libertad que nos ofrece la religión del capitalismo, sino que, al no poder ser merecedores de ella, nos queda únicamente la condena, una condena que para muchos puede llegar a ser mortal.

Hace varios años, en El Salvador, una mujer fue encerrada en una bodega por los vigilantes del supermercado, quienes la acusaban de hurtar mercadería, y que murió electrocutada al tratar de escapar[5]. Este caso es un ejemplo de la forma como se culpabiliza a los pobres en la religión del mercado. Podemos ver esta tragedia como una “puesta en escena” de algo que nos involucra a todos y está en la raíz misma de nuestra existencia. Habiendo hecho de este mundo un supermercado, ¿por qué debería extrañarnos que las personas paguen con su vida?

En primer lugar, pensemos en las razones por las que lo sucedido sería una injusticia. Se dijo que la mujer había robado. Entonces, más de uno dirá que, por el contrario, se trata de justicia: recibió su merecido. Aunque quizás se añada que se trató de un “exceso de justicia” o de un castigo “demasiado riguroso”. Hay algo verdaderamente monstruoso asomando detrás de estas afirmaciones, algo que pertenece al mismo orden de quien dijo que “no era justo, porque no era proporcional el castigo” o que “a los guardias se les pasó la mano”, ya que en ese caso estaríamos juzgando lo sucedido como un “exceso” —o “excepción”— de la ley, cuando realmente se trata de su aplicación “normal”.

Algo similar sucede si tratamos de resolver el misterio de “si la mujer efectivamente robó o solo fue un error”. Esto supondría que, si no robó, la muerte de la mujer ocurrió porque hubo una equivocación: un error que consiste en que se trata de la muerte “de una inocente”. Pero lo que obtenemos como consecuencia de lo anterior es aún más monstruoso, ya que estaríamos poniendo en el primer plano el hecho de que erraron al confundirla con una ladrona, mientras dejamos en segundo plano la auténtica clave del crimen: los guardias “saben” que pueden aplicar la ley, incluso hasta las últimas consecuencias. La muerte de quien “se sospecha” que ha infringido la ley siempre puede justificarse.

Es secundario si la mujer robó o no. Al menos para nuestro análisis, debemos liberarnos de las limitaciones del enfoque basado en el “error de percepción” —“yo creía que llevaba algo robado, pero me equivoqué”, etc.— y concentrarnos en la ley que dice: “Ahí va un culpable, ¡mátalo!”. Para esta ley no hay nadie, absolutamente nadie, que sea inocente. Basta con ver las cámaras que nos filman, los guardias que persiguen y vigilan a las personas entre los anaqueles y la permanente actitud de sospecha de los dependientes de las tiendas.

Pero decir que la ley mata no es suficiente, hay que decir por qué lo hace. Para esto es muy útil la reflexión de Franz Hinkelammert que no se centra en “las leyes”, sino en La Ley, el mandato absoluto que se encuentra a la base del mundo contemporáneo. Este mandato es el de La Ley del Valor, la orden que nos dice “¡Compra!”. La Ley que pide “justicia infinita” impone “sanciones” que llegan hasta las últimas consecuencias, convirtiendo el sufrimiento de los seres humanos en “daño colateral”. Para mantener funcionando el orden del capital, debemos aguantar los muertos que hagan falta[6].

Acá juega un papel esencial la absoluta prohibición de proporcionar alimentos, salud, en fin, vida, a quien no puede comprar, que viene a ser el reverso del mandato absoluto a consumir. Lo único que esta religión proporciona al sujeto viviente es “el deseo y la necesidad” de consumir, pero no los recursos para hacerlo con libertad y en función de sus auténticas necesidades. Y las leyes —en plural— se hacen eco de este Sistema Infame: su misma estructura formal les impide decir lo que debemos hacer y solo nos dicen lo que no está permitido: “no robes, no mates”. Nunca escucharemos algo como: “proporciona alimento al hambriento”. Y la trampa funciona a la perfección, presentándose como sentido común: “Debes impedir que vengan a robar, ¡pero no puedes obligarme a pagar más impuestos!”[7].

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Quiero llamar la atención sobre la similitud entre el fragmento de Deuteronomio 30, 19, citado por Hinkelammert en un texto reciente —“Te pongo delante la vida o la muerte, la bendición o la maldición. Escoge, pues, la vida, para que vivas, tú y tu descendencia[8]”— y las palabras de Mark Renton, al inicio de la cinta Trainspotting (Danny Boyle, 1996): “Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor enorme, elige lavadoras, carros, discos compactos y abrelatas eléctricos...”. En el capitalismo contemporáneo, a diferencia de un horizonte abierto, se nos ofrece una gama limitada de opciones, variadas, pero siempre determinadas por la lógica de las mercancías. Elegir la vida consiste en elegir mercancías e incluso, cuando elegimos nuestra familia o amigos, también entonces la lógica debe ser la de las mercancías.

La secuencia de la cinta es también muy interesante porque su estética de videoclip emula a la de un comercial de televisión y esto no hay que tomarlo a la ligera. Hace mucho que sabemos que “la televisión [es...] un medio esencialmente publicitario”[9]. En efecto, la misma programación televisiva se construye “alrededor” de los anuncios[10] y la pauta publicitaria “marca la pauta” de los programas que vemos, de las noticias y, sobre todo, del entretenimiento.

La televisión ahora es ubicua y uno de sus lugares preferidos es la internet, como la nueva versión de Trainspottingparece reconocerlo también. Sin ninguna duda, podemos considerar a la TV como el medio hegemónico y eso lo sabe bien la publicidad[11]. “La televisión es el gran reloj de nuestra vida cotidiana, porque marca el ritmo inmutable de los días que van transcurriendo”[12]. En estas palabras de Dominique Wolton, los ecos de Benjamin son perceptibles[13]. Pero la presencia de la televisión excede la misma pantalla, desbordándose y desparramándose por sobre los límites del aparato, la habitación, el recinto doméstico y las fronteras de todo tipo, inundando las computadoras, la internet, los teléfonos celulares... Hoy más que nunca, tiene sentido hablar de millones de “pantallas insomnes que, vigilantes, observan permanentemente, regulando las miradas, los deseos y las acciones”[14]. Y esta vigilancia es normativa. La costumbre de tomar fotos a la comida y selfies mientras se va de shopping es un recordatorio de que las redes sociales reclaman el consumo y la ostentación del mismo. Debemos demostrar que lo hacemos y que podemos seguir haciéndolo.

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El capitalismo se nos presenta como religión del consumo y del espectáculo[15]. Cada tienda está consagrada a las diversas manifestaciones del Único, el dinero, el cual “en cuanto tiene la propiedad de comprarlo todo, de apropiarse de todos los objetos, es, pues, el objeto por excelencia… considerado como un ser omnipotente”[16].

Millones de devotos consumidores en todo el planeta practican su culto incesante, “sin tregua y sin respiro”, sin domingos o días especiales para practicar los ritos. Como destaca Giorgio Agamben, a propósito de Benjamin, la fiesta del consumo no tiene fin[17]. ¿No es esta una interpretación atinada del consumo capitalista? Acudes a una tienda, no para salir de ella dispuesto a disfrutar de tu compra, sino para planificar el momento en que volverás por más, porque lo que cuenta es el acto de consumir, no lo que hagas con el objeto comprado. Pero como no puedes consumir por siempre ni aumentando infinitamente los montos destinados al gasto, es decir, como no puedes estar todo el tiempo a la altura de las expectativas que el mercado te demanda, la culpa reaparece una y otra vez.

Sin embargo, esta es también una religión de milagros, los milagros del capitalismo encarnados en las tecnologías del entretenimiento y del disfrute. Si el Dios Dinero no acude a ti, siempre puedes regocijarte con “los testimonios de los elegidos”, cuyo valor está determinado de antemano. No serás capaz de tener esa ropa interior, ya que no la puedes comprar —o no tienes un cuerpo con las medidas adecuadas—, pero puedes extasiarte viéndola en el cuerpo de la top model de turno.

Una clave importante en todo esto es que el consumo aparece como algo separado del uso del objeto, del disfrute del mismo: lo que cuenta es su valor como pieza de intercambio. Debido a eso, lo que se exhibe es lo que cuesta, su valor monetario, su esencia. En este sentido, pueden ser iluminadoras estas palabras de Agamben: “Si, como se ha sugerido, llamamos espectáculo a la fase extrema del capitalismo que estamos viviendo, en la cual cada cosa es exhibida en su separación de sí misma, entonces espectáculo y consumo son las dos caras de una única imposibilidad de usar. Lo que no puede ser usado es, como tal, consignado al consumo o a la exhibición espectacular”[18].

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Antes me referí someramente al entretenimiento, pero sería un error considerarlo como un espacio vacío o punto muerto en la programación televisiva, o como relleno, aquello que simplemente rodea la pauta publicitaria. El entretenimiento es, por el contrario, lugar eminente de la normatividad capitalista. Esta religión del mercado ejerce ahora la violencia más extrema que jamás hubo de padecer la humanidad, pero además la proclama y anuncia, utilizando la industria del entretenimiento como su principal y legítimo vehículo. Un ejemplo de esto lo tenemos en la “pedagogía de la crueldad”, de la que habla Rita Segato, cuya conexión con el capitalismo es fundamental[19].

¿Cuál es el papel que juegan los programas de entretenimiento en la configuración de las ideas sobre la Ley y nuestras obligaciones primordiales con el dios del mercado? ¿Qué rol desempeñan en la manera como estructuramos nuestro valoración global de lo que se espera de nosotros?[20] Quiero sostener que, si bien los programas de entretenimiento —reality shows, talk shows, programas de concursos, etc.— y las series de televisión y documentales de gran difusión en las redes de entretenimiento, exponen con crudeza la mencionada pedagogía de la crueldad —destacando especialmente lo que Segato llama “gratuidad de la crueldad” y “abolición de la empatía”—, esto no puede entenderse cabalmente si no lo relacionamos con las otras nociones clave del “imperio de la ley” y el “necesario pago de las deudas”, tal como analiza Hinkelammert.

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Un vehículo privilegiado para la construcción de “nuevos” discursos xenófobos, clasistas y que proclaman la victoria final de “los fuertes sobre los débiles” —todos ellos rasgos de la religión del mercado—, es el formato inaugurado por el show televisivo Cops, una serie basada en supuestas “historias reales”, que tienen como protagonistas a policías —los buenos y “virtuosos agentes de la ley”—, que se dedican a perseguir criminales —los malos—. Estos siempre son presentados como sujetos individualmente responsables de lo que hacen y esto es inseparable de quiénes son ellos: los usuales sospechosos, aquellos de quienes “todo el mundo” desconfía. Nunca hay una reflexión o mínima alusión a la responsabilidad social que podría estar relacionada con su situación —pobreza, exclusión, etc.—, y los policías solo se limitan a usar la fuerza para imponer el orden, al mismo tiempo que le dan “lo que quiere” a la audiencia televisiva —construida según un perfil compuesto por hombres blancos, autoritarios y racistas—: un ejemplar “castigo” a las clases subalternas y “rebeldes”[21].

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Estas narrativas de una ley que nos protege de las amenazas desemboca en la construcción de una forma de vida hostil y tenebrosa que es presentada como algo extraño, sucio y peligroso: los pobres, los desahuciados, los marginales[22]. Echemos un vistazo a Restauradores, un reality acerca de dos tipos que compran casas embargadas, para remodelarlas y revenderlas. En el programa no solo vemos destrucción de paredes y labores de carpintería, sino también el trato miserable que reciben los “antiguos propietarios”, los que perdieron su casa porque el banco se las quitó. Incluso cuando los “héroes de la serie” se ponen generosos, es evidente su desprecio hacia los que fueron “echados de su casa”. Estos últimos son presentados como flojos, irresponsables y violentos, por eso los “restauradores” parecen matones más que albañiles. Claro, según el show, quitarle su casa a alguien no es violencia, pero venir reclamando por ello sí que lo es. De ahí que no es raro verlos armados con bates de béisbol y no con martillos, quizás porque están más preocupados en “defenderse” que en reparar la casa —aunque, viéndolo bien, un martillo también puede servir para partir cabezas—.

Otra versión es Operación rescate, donde ya no se trata de reparar casas sino de embargar carros. Una familia se gana la vida ejecutando embargos y utilizando la intimidación, el lenguaje grosero, amenazas e incluso golpes. Como en el ejemplo anterior, parece que un requisito para dedicarse a ese trabajo es tener experiencia de gánster y prácticas de matón.

Dos rasgos quiero destacar. En primer lugar, la deshumanización de las personas que sufren los embargos mediante su transformación en quebrantadores de la ley y criminales en potencia. Cada encuentro con los “antiguos dueños” es una bien estudiada justificación del uso de la violencia contra quien no paga las cuentas, el cual no solo carga con toda la culpa, sino que invariablemente reacciona de forma violenta.

La otra cuestión es la nula o insignificante referencia a bancos, agencias financieras, inmobiliarias o automovilísticas. Lo usual es que se trata de un “ente” al que se menciona vagamente, pero que no tiene rostro y parece que tampoco ninguna responsabilidad de lo ocurrido. No hay narración que nos explique cómo o por qué se llegó al embargo, aunque se insinúa que se debe a una acción o actitud incorrecta del deudor hipotecario. Siempre se da por supuesto que los agentes financieros y vendedores son inocentes, que no vale la pena indagar en ello o que a ninguno de los implicados le interesa. Es el nuevo rostro del Dios de la Ley que ordena pagar las deudas, un Dios a la medida del Capitalismo: no uno que camina con su pueblo, que tiene una historia, sino una entidad alejada e implacable, incapaz de misericordia o de ir en contra de sus propias reglas.

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Es importante todo esto para comprender la manera como se proclaman y anuncian los mensajes de “salvación” de esta religión global, la cual, en cierto modo, es la más “católica” que pudo existir jamás, mostrando además su relación con la forma y contenido que adopta otro relato de pretensiones universales, el discurso de los derechos humanos.

¿Cuánto influyen estas imágenes en nuestras creencias sobre la justicia de estas acciones, los derechos humanos de los embargados o nuestra solidaridad con ellos? Pienso que lo más grave tiene que ver con su humanidad perdida a causa de no haber cancelado sus deudas y nuestra aceptación de que es justo proceder contra ellos porque han quebrantado la ley. Parece ser que a todos nos parece lógico y justo que quien no cumpla la ley tenga que pagar. De tal manera, no extraña demasiado que seamos capaces de justificar incluso las atrocidades que se cometen contra los deudores, pues confundimos la lucha por la justicia con el pago de una deuda y el imperio de esa ley.

¿Pero qué sucede si la deuda es impagable? ¿Cómo procedemos si el pago de la deuda violenta los derechos de los deudores, mientras que su no pago apenas perjudica a los acreedores? ¿Son iguales todos los derechos, hasta el punto de decir que un banco debe recuperar su dinero aun a costa de que una familia pierda su casa? Más allá de estas discusiones, deberíamos preocuparnos por el poder que tienen las imágenes para orientar nuestro juicio según la lógica de esta religión de la ley del valor mercantil —le Ley auténtica—, haciéndonos dudar del reconocimiento subjetivo de los demás y de la equidad como base de la justicia.

Los derechos humanos también se encuentran influenciados por el capitalismo global, pero siguen siendo, a pesar de eso, pieza clave a recuperar para hacer frente a su violencia extrema. Pero tal cosa no podrá lograrse sin pasar primero por la denuncia de su inversión por parte del sistema hegemónico (Franz Hinkelammert). Y en línea con esto, la recuperación de los derechos humanos debe asumir explícitamente la crítica de la religión del mercado y de su presencia en los productos mediáticos, concentrándose al menos en la crítica de dos de sus rasgos: en tanto esta religión difunde una visión de la sociedad como “realidad natural”, ahistórica y “cerrada”, y en cuanto predica el imperio de su ley y la violencia infinita que destruye la posibilidad de cualquier convivencia auténticamente humana.

Bibliografía

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[1]              Alba de Diego, Vidal; La publicidad (sociedad, mito y lenguaje), Barcelona, Editorial Planeta, 1976, p. 99.

[2]              Qualter, Terence H., Publicidad y democracia en la sociedad de masas, Barcelona, Editorial Paidós, 1994, p. 15. La cita en el texto es de Lewis Mumford, The Condition of Man, 1944, 163.

[3]              Cfr. Benjamin, Walter, El Capitalismo como religión, seguido de Fragmento teológico-político, Madrid, La Llama, 2014, pp. 8-10.

[4]              Cfr. Qualter, Terence H., Publicidad y democracia en la sociedad de masas, op. cit., pp. 25-26.

[5]              Las reflexiones sobre este caso se basan en un artículo que publiqué anteriormente: Molina Velásquez, Carlos, “En este supermercado pagas con tu vida”, en Rebelión, 29 de octubre de 2010, disponible en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=115716 y en Molina Velásquez, Carlos, Ética profesional y organizacional, San Salvador, UCA Editores, 2016, pp. 98-102.

[6]              Cfr. Hinkelammert, Franz, La maldición que pesa sobre la ley. Las raíces del pensamiento crítico en Pablo de Tarso, Editorial Arlekín, San José, 2010, pp. 129-131.

[7]              Cfr. Hinkelammert, Franz, Hacia una crítica de la razón mítica. El laberinto de la modernidad. Materiales para la discusión, Editorial Arlekín, San José, 2007, pp. 253-257.

[8]              Hinkelammert, Franz, “Fundamentalismo, ideología y crítica del capitalismo como religión: La crítica de la religión neoliberal del mercado y los derechos humanos”, texto inédito, 2017, p. 25. Cursivas mías.

[9]              Saborit, José; La imagen publicitara en televisión, Madrid, Ediciones Cátedra, 1994, p. 21.

[10]             Cfr. Ibid., p. 21ss.

[11]             Cfr. Aprile, Orlando C., La publicidad audiovisual. Del blanco y negro a la web, Buenos Aires, La Crujía Ediciones, 2008, pp. 27-34.

[12]             Dominique Wolton, citado en ibid., p. 51.

[13]             Cfr. Benjamin, Walter, El Capitalismo como religión, op. cit., pp. 8-9.

[14]             Diego Levis, La pantalla ubicua, Buenos Aires, La Crujía, 2009, citado en Aprile, Orlando C., La publicidad puesta al día, Buenos Aires, La Crujía Ediciones, 2012, p. 118.

[15]             En lo que sigue, desarrollo fragmentos que he trabajado anteriormente y que fueron publicados en el artículo “La más católica de las fiestas”, en ContraPunto, 1º de enero de 2010.

[16]             Marx, Karl, Manuscritos económico-filosóficos, en Fromm, Erich, Marx y su concepto del hombre, México D.F., Fondo de Cultura Económica, 1962, p. 170.

[17]             Cfr. Agamben, Giorgio, Profanaciones, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2005, p. 105.

[18]               Ibid., p. 107.

[19]             Cfr. “En los medios existe una pedagogía de la crueldad”. Entrevista a Rita Segato, sitio web de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de la Plata, Segato (2013), disponible en http://perio.unlp.edu.ar/node/4602

[20]             Cfr. Molina Velásquez, Carlos, “La construcción mediática de la vida y la humanidad”, en Secretaría Nacional de Arte y Cultura del FMLN; Registro de los Diálogos Culturales de Invierno 2014. Cultura y medios de comunicación social, San Salvador, Secretaría Nacional de Arte y Cultura del FMLN, 2015, pp. 175-176.

[21]             Cfr. Brenton, Sam y Cohen, Reuben, Shooting People. Adventures in Reality TV, New York, Verso, 2003, pp.  39-40.

[22]             Lo que sigue está basado en lo que desarrollé en Molina Velásquez, Carlos, “La construcción mediática de la vida y la humanidad”, en Secretaría Nacional de Arte y Cultura del FMLN; Registro de los Diálogos Culturales de Invierno 2014, op. cit., pp. 179-181.

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