El marco categorial de la modernidad es desarrollado como una razón mítica que sostiene su propia mística. Es la mística del progreso infinito, del crecimiento infinito, de la máxima eficiencia …, aunque la vida no pueda asegurarse. Por eso, es a la vez la mistificación de la muerte y del suicidio, es la razón mítica de la praxis de la muerte. Esta mística es no solamente la “cárcel de la poesía” (Hugo Ball), sino de toda la vida humana y por tanto, de toda la vida.

No se puede contestar a este marco categorial y a esta razón mítica si no es desarrollando otro marco categorial a partir de la afirmación de que el sentido de la vida es vivirla y vivirla entre todos/as. De esto resulta otra razón mítica y necesariamente tiene que aparecer: no hay interpretación de los hechos si no es en el marco de una determinada razón mítica. La pretendida objetividad de las ciencias empíricas igualmente parte de una interpretación dada por su razón mítica. Por eso, es válida la afirmación de que todo hecho es un hecho interpretado, pero hay que agregar: interpretado desde una razón mítica.

Para ilustrar este punto queremos hacer presente un artículo de Le Monde Diplomatique, en el que se analiza la posición defendida por el movimiento indígena de Bolivia. Tiene el título: "Equívocos y mistificaciones en torno de una deidad indígena andina. El fantasma del pachamamismo" (Le Monde Diplomatique 18-02-11 - América Latina http://www.monde-diplomatique.fr/ por Renaud Lambert). Se trata de una crítica reveladora de esta posición:

"Sólo un país ha rechazado el Acuerdo Internacional de Cancún destinado a combatir el cambio climático: Bolivia. Antes que "los mecanismos de mercado” previstos por el texto suscripto en diciembre pasado, el presidente boliviano Evo Morales prefiere "un nuevo paradigma planetario para preservar la vida”: la defensa de la Tierra madre, la Pachamama. Así se apela a una tradición indígena que contribuiría a "descolonizar” la atmósfera ideológica.
Por su parte, la declaración final de Cochabamba –que critica duramente el modelo capitalista– sugiere que para poner un fin a la "destrucción del planeta”, el mundo debe no sólo "redescubrir y volver a aprender los principios ancestrales y los modos de obrar de los pueblos indígenas”, sino "reconocer la madre Tierra como a un ser vivo” y acordarle "derechos” propios. Una idea que suscitó la atención de una parte del movimiento antiglobalista."

Se nota el tono irónico del comentario. Al final del artículo se sentencia la condena de estas posiciones, y se la hace en nombre de la cientificidad moderna expresada por un científico moderno y pro-socialista:

"Sensible a la urgencia de la crisis ecológica, el geógrafo David Harvey rechaza toda dicotomía entre sociedad humana y naturaleza. "Los seres humanos, como cualquier otro organismo –explica– son sujetos activos que transforman la naturaleza según sus propias leyes”: la sociedad humana produce pues a la naturaleza de la misma manera que esta última determina a la humanidad. Pensar la transformación de tal o cual ecosistema implicaría, pues, no tanto defender los derechos de una hipotética 'madre Tierra' como modificar 'las formas de organización social que la han producido'" (La cita proviene de: "The nature of environment: the dialectics of social and environmental change”, The Socialist Register, Londres, 1993).

En este pasaje, David Harwey, como buen científico moderno, reduce todo el problema a un análisis en términos de un «mecanismo de funcionamiento». La "madre Tierra" la considera como una hipótesis, que además le parece sumamente insegura. La reducción a un mecanismo de funcionamiento es obvia: “la sociedad humana produce pues a la naturaleza de la misma manera que esta última determina a la humanidad." La considera como una respuesta y, por tanto, reduce la respuesta a un problema de funcionamiento de un mecanismo.

Pero la referencia a la "madre Tierra" no es ninguna hipótesis. Es un argumento de la razón mítica, que para un científico empirista por supuesto no es ningún argumento. Sin embargo, este argumento de la razón mítica boliviana contesta a la razón mítica implícito en las argumentaciones de Harvey, quien no tiene consciencia de esta razón mítica que él también profesa. Es el argumento del progreso infinito con todas sus consecuencias y este mito resulta de una razón mítica que aplasta toda realidad.

Esta razón mítica del empirismo es la razón de los problemas que tenemos que solucionar y que este movimiento boliviano intenta solucionar. La posición de Harvey resulta contradictoria, y también ilusoria. Recurrir a la razón de la madre Tierra es la posición realista, no la de Harvey. Lo es, aunque todo el mundo hoy, y sobre todo el mundo que se considera científico, vive la ilusión de los hechos desnudos, de la objetividad sin subjetividad, de las “leyes científicas” sin marcos categoriales.

¿Por qué es mítico recurrir a la madre Tierra, pero no lo es recurrir al mito del progreso infinito? La pregunta hay que reformularla: ¿cuál mito es aliado de la defensa de la vida y de una ética de la vida?

Hemos interiorizado un lavado de cerebro de siglos y posiblemente de milenios, que nos hace pensar que el mito del progreso infinito es algo realista y el de la madre Tierra no lo es.

Ahora bien, no se trata de abolir el análisis del mundo a través de mecanismos de funcionamiento, este análisis es necesario. Pero hay que vincularlo con (y subordinarlo a) una acción basada en otra base mítica y ponerlo de esta manera en una posición de análisis auxiliar. Eso llevaría a considerar toda la ciencia que hoy se llama empírica desde esta posición de ciencia auxiliar para el análisis de la realidad. Esta ciencia no nos trasmite lo que vivimos como realidad, pues es ciencia de empirias, no de realidades. Las ciencias empíricas ya ni siquiera pueden hablar de la realidad vivida. Si, en cambio, estas son presentadas como “el” análisis de la realidad misma y somos consecuentes con esto (¡racionales!), destruimos toda realidad. Hay un conflicto impostergable también a este nivel.

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